En la madrugada del 24 de mayo de 1920, un ferroviario llamado André Radeau caminaba por las traviesas de la línea París-Lyon-Marsella a unos 113 kilómetros de París cuando le paró un individuo descalzo y en pijama.
¡No se lo creerá usted! Dijo la aparición “sé que debe sonarle increíble pero soy el Presidente de Francia”
El caballero del pijama estaba lleno de arañazos y cardenales. Mantenía que se había caído del tren presidencial rumbo a Roanne. André Radeau acompañó al extraño hasta la casa guardia de un cercano paso a nivel, que se presentó como Paul Deschanel, Presidente de Francia.
“Madame”, dijo el visitante “veo que su marido no se cree que sea yo el Presidente de la República”.
Miembros del cortejo presidencial llegaron esa tarde para confirmar que el extraño desorientado instalado en la cama del guardia del paso a nivel de Bois de Levau era Paul Deschanel, Presidente francés…
El comportamiento y los comentarios de Deschanel se hicieron cada vez más estrambóticos. En una ocasión inquietante se alejó de una delegación oficial para abrazar un árbol a la ladera del sendero. Una mañana se escapó del tedio de una reunión de estado - impulso de lo más natural -, y fue andando en dirección al borde del cercano lago, continuando su paseo hasta meterse en él completamente vestido. Llegado el otoño el breve mandato de Deschanel tocó a su fin en Malmaison, un sanatorio a las afueras de París dedicado al tratamiento de enfermedades nerviosas.
Durante el mandato de Deschanel, dos revolucionarios del arte traviesos pero serios – Francis Picabia y Tristan Tzara -, llegaron a París desde Zurich, donde habían fundado un nuevo movimiento. Se llamaba Dadá… Según los principios de esta nueva fé, visitar Montargis en pijama, bucear en un lago vestido de traje y corbata, o enamorarse de un árbol, eran pruebas de la esencia dadaísta que poseemos todos.
(extracto de “The crazy years; Paris in the Twenties”, de William Wiser)